Por que un Riad en Marrakech?

 

Una tarde mientras paseaba con mi mujer por la Medina charlando de esto y aquello, noté que ella se había quedado atrás mientras yo continuaba con mi soliloquio; me di cuenta de la situación cuando un chico, con una sonrisa educada me advirtió con unas palmaditas sobre el hombro derecho y, una vez llamada mi atención, me indicó a Costantina – así se llama mi mujer – que se había detenido hace unos diez metros, con el intento de curiosear desde la entrada de una casa donde se estaba llevando a cabo una obra de restructuración.

 

Retrocedí sobre mis pasos y me asomé a aquella puerta constatando que en su interior había un hormiguero de hombres cada uno ocupado con una diferente actividad edil.

 

Hay que decir que yo no amo particularmente las obras ya que me transmiten una sensación de ansiedad y inquietud y me recuerdan algunas escenas de las películas bélicas en las que tras interminables bombardeos es instintivo preguntarse: será posible reconstruir todo eso?

 

Costantina al contrario, como por otra parte todos los arquitectos, se encuentra perfectamente a su aire en el contexto del “day after”, y hasta parece decir: “muy bien… derrumbemos también esa pared, así podemos empezar a divertirnos!”

 

En aquella ocasión, como en muchas otras, ella miraba con curiosidad el trabajo de aquellos hombres que, según ella, adoptaban técnicas completamente diferentes de las de los europeos mientras yo intentaba, aunque con escaso resultado, de adoptar mi expresión más inteligente.

 

Al final conseguimos el permiso del capataz de visitar el interior y Costantina lo sumergió inmediatamente con una serie de preguntas tan técnicas que aquel hombre, sorprendido, le pregunto: “êtes-vous un collègue maçon?” (para el que no sea practico de francés… no le pregunto si era un masón sino un albañil…).

Tras haber precisado que ella no era un albañil sino un arquitecto, su discurso se volvió tan técnico que ya no me consultaron mas que para que les aguantara las puertas mientras pasaban o para preguntarme la hora.

 

Cuando salimos de aquella obra me salió instintiva una pregunta que, inconsciente, le formule así a Costantina: “te gustaría seguir una obra aquí en Marrakech?” tras 34/35 decimos de segundo – que ella utilizó evidentemente para examinar todos los aspectos positivos y negativos de la proposición – respondió: “claro que sí! Seria fantástico”.

 

En realidad Costantina estaba segura que una vez alcanzada la edad de 56 años hubiese podido demostrar mi madurez encontrando una vía de escape para mi proposición descabellada como había echo hasta ahora todas las veces que le había prometido una diadema de diamantes o un fin de semana en Australia.

Pera esa vez los ojos de Costantina había brillado de una luz inusual y pensé que al fin y al cabo quizás no hubiese sido toda esa locura.

Tras esta breve premisa puedo dejaros la receta para comprar un Riad aun por reestructurar en Marrakech:

25% de inconciencia, 25% de amor por África, 40% de confianza en vuestra mujer (que tiene que ser arquitecta, si no el porcentaje cambia) y 10% de confianza en el prójimo.

 

Una vez tomada la decisión, no quedaba mas que enfrentarse a la aventura.

Los primeros problemas se plantearon porque las casa de la Medina no están registradas en el catastro y por tanto habría que determinar por adelantado la propiedad en manos del vendedor a través de un procedimiento de derecho islámico – la melkìa – parecido a nuestra prescripción adquisitiva de dominio…

 

Una vez estipulado el acto no quedaban mas que unas simples tareas:

Solicitar los permisos necesarios para la construcción (pero a quien? Donde? Cuanto costarían?);

Encontrar una empresa de confianza (la dificultad no es diferente a la que encontraríamos en Italia, pero la diferencia es que la mayor parte de los empresarios no hablan mas que bereber y los mas instruidos… árabe);

Pedir un presupuesto (aquí el proverbial amor de los árabes por la contratación alcanza niveles absolutamente sublimes y cualquier esfuerzo al final acaba frustrado por la imposibilidad de calcular con antelación los “costes extra” que incluyen prebendas, propinas y similares absolutamente inevitables y incuantificables)

Y ahora se llega al momento fatídico en el que… se puede dar comienzo a las obras!

 

Tras un año de sacrificios, de empeño, de discusiones telefónicas y telemáticas con Adriano (nuestro valiosísimo corresponsal que a seguido en el lugar las obras), de viajes con salidas de Milán a las 7 (y por tanto a las 4 de Turín), alguna vuelta por Genova por culpa de la niebla, Costantina y Elisabetta empezaban a mostrar los primeros síntomas de cansancio… pero gracias a su empeño, a su profesionalidad y a mucha fantasía:

 

He aquí el resultado: La Cigale

 

La Cigale es una casa para amigos, no es un hotel sino un punto de apoyo para todos los que quieran pasar algún día de vacaciones en Marrakech, mimados como en su propia casa.

Nos encantaría si quisierais ser nuestros invitados por algún día, y quien sabe que no decidáis, vosotros también, construir vuestro Riad.

No se puede negar que haya sido necesario un gran empeño, pero os garantizo que al final, la satisfacción ha sido grande y ha contribuido a dar una respuesta a una pregunta que, ya nos han hecho con demasiada frecuencia: como habéis conseguido llevaros tan bien desde hace treinta años? Nosotros y nuestros amigos Gianni y Elisabetta podemos deciros que esta experiencia ha sido seguramente un ingrediente importante de nuestra receta.

 

Giorgio